viernes, 10 de febrero de 2017

El día de San Valentín y la importancia del beso, por Mayra Sorondo.


Según algunas leyendas históricas, San Valentín fue un cura durante el reino de Claudio lll, emperador que decidió prohibir el matrimonio de los jóvenes -alegando que estos servirían mejor como soldados. Al cura San Valentín, esto le parecía una injusticia y decide casar a los jóvenes en secreto. Cuando Claudio lo descubre, lo apresa por desafío. Durante su encarcelamiento, Valentín se enamora de la hija del carcelario a quien le escribe una carta de despedida antes de ser torturado y decapitado un febrero 14. Esa carta cuya signatura leía: de tu San Valentín se convertiría en la primera carta de amor de lo que pasó a ser el Día de los enamorados. El Papa Gelasio I, en el año 496 A.D. declara el 14 de febrero el día oficial de San Valentín. 

¿Qué papel juega el beso? Durante la conferencia llamada "La química del amor y el lenguaje del beso", el Doctor en psicología, Jesús de la Gándara, compartió que las personas que se besan mucho- son más seguras de sí mismas, tienen mejores relaciones sexuales y mejores estados de ánimos. Entonces gente, a besar que no existe mejor antídoto. 

Por otro lado, en un estudio realizado recientemente en la Universidad de Albany titulado: 'La psicología del beso romántico' las autoras Gordon Gallup, Susan Hughes y Marissa Harrison relatan que dicho estudio ha servido para replantear todo lo que hasta ahora sabíamos sobre el contacto boca a boca. Según el sondeo realizado por estas especialistas a 1.041 estudiantes, el primer beso sirvió para que muchos perdieran el interés por su potencial pareja. Y continúan diciendo que “Un beso es bastante más que un beso, que un beso es ante todo un intercambio crudo de información que puede revelar en pocos segundos si somos o no genéticamente compatibles con nuestros pretendientes, si merece la pena esa relación o si hay que pasar la página y proseguir la búsqueda”. Ósea, que en esos 5 o 8 segundos del primer beso, si la adrenalina no aumenta en los vasos sanguíneos poniendo el corazón a aletear a toda velocidad, pues miren no insistamos, que no hay más nada que buscar. 


Ahora bien, si te sucede lo que se le ocurrió interpretar a Lola Flores en la canción Mil besos: "yo sé que los mil besos que te he dado en la boca se me fue el corazón y dicen que es pecado querer como te quiero quizás tengan razón, pero no ha de importarme todo lo que me digan que yo te he de olvidar, que si es pecado amarte, yo seguiré pecando porque lo he de negar, te seguiré queriendo, te seguiré adorando hasta volverme loca, hasta que me devuelvas el corazón que en besos, yo te deje en la boca" ¡Pues metan mano y enloquezcan! 

Pero si no han logrado ese nivel de locura de la canción Mil Besos, sobre todo la estrofa que dice: hasta que me devuelvas el corazón que en besos, yo te deje en la boca, pues les recomiendo lo que hizo Gabriela Mistral en su poema Besos: “Yo lo enseñé a besar, con besos míos, inventados por mí para tu boca”

Feliz mes del amor.

lunes, 6 de febrero de 2017

Mi próxima estación, por Dolores Covarrubias (México)


1989, una mañana de invierno me sorprendió mi madre con su llegada  a la ciudad de México, en la que me acompañaría a la boda de una de mis mejores amigas. Jamás olvidaré aquel momento que marcó mi vida, ya que ese bello recuerdo quedó atrapado en mi mente. Recién llegadas al salón de fiestas nos sentamos en una pequeña mesa donde yo la podía disfrutar frente a frente, con la mirada más bella y sus grandes ojos verdes que jamás volví a ver. El color de la ternura. Tenía escasamente ocho meses que me había separado de mi madre  para volar y hacer mi vida más independiente. Conversamos de todo un poco. Me di cuenta que ella quería saber cómo me sentía y si yo estaba bien. Debo aceptar que la extrañaba. Yo estaba feliz de tenerla a mi lado, el roce de sus manos con las mías me hizo sentir tan segura. Igual que cuando de niña tenia miedo, bastaba un abrazo y todo desaparecía.  Tomándome con sus manos apretó fuertemente y mirándome frente a frente me dijo estas palabras - Mi niña ¿Sabes qué hago cuando tengo deseos de verte a pesar de tenerte lejos? - Intrigada le pregunté. Ella sin soltar mis manos cerro sus ojos, mientras yo admiraba esa expresión tan hermosa, me contestó  - Cierro mis ojos y me veo viajando en un tren, esperando con tanta emoción que en la próxima estación estarás allí para abrazarte - Mi madre siguió con sus ojos cerrados como si todavía continuaba en el viaje, esperando llegar a su propia estación. Pude sentir en ese momento su gran deseo de que estuviéramos juntas. Hoy en día, escuchar  el sonido de un tren es música a mis oídos. Es sentir que está cerca de mí, es sentir  que en mi propia estación la podré abrazar.    

sábado, 4 de febrero de 2017

Cuento Perfecto por Luis Bonsembiante, Argentina.


A pesar del título, esto es una crónica; y no porque cumpla con los requisitos para serlo –francamente los desconozco–, sino porque, al contrario del contenido de un cuento, un verso o un relato (todos términos que para un argentino están mayormente asociados a la ficción o a la artera y cínica mentira), los hechos que aquí describo son absolutamente ciertos.

Me topé con su sitio web luego de múltiples golpes al mouse de mi computadora, y al leer lo que este desquiciado, soñador o embaucador prometía, me pareció de una imposibilidad tal, que busqué algún enlace en su página para dejar atrás ese disparate. Pero no había manera de seguir adelante (o no era obvio cómo hacerlo) y, creo recordar, tampoco manera de regresar.

La página estaba escrita en un español rudimentario, lo digo sin pretensión, y el ofrecimiento era tan simple como sospechoso: un kit para escribir el cuento perfecto. Ofertas de dudosa calaña existen en cada rincón digital, pero esta tenía una particularidad que me llamó la atención y de ahí su atracción: el cuento perfecto se había programado (no escrito, esta era la misión del comprador) utilizando un algoritmo que resultaba en la cantidad precisa de párrafos, adjetivos, pronombres, personajes, metáforas y demás ingredientes para que nada le faltase o estuviera de más. El algoritmo, a su vez y según la presentación que ya me había hecho sacar la tarjeta de débito de mi billetera y con la que ahora golpeaba impaciente el escritorio, se nutría de 164 obras maestras de la literatura universal, condensadas en algo así como un aceite esencial literario libre de toda impureza y portador de cada una de las propiedades que le habían ganado a esas obras un lugar en la ecuación.

“Si he comprado la sopapita para sacarle las abolladuras a mi auto ya nada debería avergonzarme”, razoné, y con un par de clicks permuté cinco horas de mi trabajo como repositor en un supermercado por la promesa de construir algo que me permitiera cumplir con el sueño de ser alguien en el mundo de las letras. Acepto que en un comienzo me asaltó el prurito de pensar que esta misión que emprendía (o más bien el producto que obtendría) no sería arte. Era como si Diego Velázquez hubiera recibido un rompecabezas de las Meninas y tan solo se hubiera limitado a engarzar las partes. Ahora bien, ¿acaso los escritores no enfrentan una situación similar a la mía, enmarcados y acotados por las herramientas que les ofrecen el diccionario y las reglas gramaticales?, concluí a modo de sentencia absolutoria.

Con el fin de ahorrarme una discusión con mi esposa, admito sólo acá, que le escondí mi proyecto (Un poco también porque siempre me regaña por ser víctima de lo que ella denomina, con iguales dosis de realidad y crueldad, depredadores de imbéciles).

Al momento de hacer el pago nada había bajado a mi computadora; tan solo había visto abrir una ventana con la promesa de que dentro de las dos semanas recibiría el producto por correo. Si, el correo de papel, quien diría. Y a los pocos días, después de una jornada monótona, acomodando latas en la góndola de vegetales y pasándole el lampazo a la leche derramada del pasillo 14, me encontré en la puerta de casa con un sobre que el cartero no había podido hacer entrar en mi casilla postal.

Lo abrí mientras trataba de acariciar a mi perro que como siempre celebraba mi regreso luego de catorce horas de angustia pensando en que jamás nos reencontraríamos y mi familia flotaba a la deriva en aquel agujero negro donde yo había comprado estas 57 páginas que me sacarían del anonimato. Cuadré las hojas con unos golpecitos contra la mesada y entendí la premisa aun antes de leer las instrucciones: debía ordenar las palabras de tal manera de armar el cuento, siempre cuidando de usarlas a todas la cantidad de veces que figuraba a la derecha de cada una de ellas. Eran 2.455, incluyendo las repetidas.

Aun con los pocos conocimientos de estadísticas que tenía, supe que la compilación, palabra por palabra, de esta supuesta obra maestra era, si no matemáticamente imposible, de una complejidad tal que debería abocarme por completo a ello si es que abrigaba la esperanza de participar en el certamen nacional literario que aceptaba escritos hasta fines de noviembre. A los pocos días un cliente que es profesor de física en la Universidad confirmó mi sospecha que con esa cantidad de palabras, el número de combinaciones era esencialmente infinito. Me recomendó que fuera al lugar donde había comprador el kit y pidiera alguna pista ya que cada palabra que avanzaba reducía en miles la cantidad de posibles variantes. Así lo hice, y constaté que el sitio ya había cambiado de rubro y ahora, con el mismo diseño de página, se ofrecían paquetes turísticos.

“Me cagó y se fue”, concluí con algo de desazón, pero me consoló saber que con $45 el malandro no estaría muy lejos, aun cuando por ese dinero el nuevo sitio prometía un safari en Malawi.
Antes de que el carnicero me lo sugiriera, yo ya había decidido utilizar el Coliseo, ese era el nombre con el que habíamos bautizado a la cámara frigorífica del supermercado, el único lugar donde escapar a la vista de un jefe tan desconfiado como friolento y poder entrenar para una pelea de boxeo, fumar alguna hierba simpática, darle cabida a alguna urgencia de amor o, ¿quién podía negarme la ilusión?, escribir una pieza histórica.

Dentro del inventario de palabras encontré algunos indicios de cómo comenzar y acotar así el número de posibilidades. Reconocí al protagonista (Carlic, su nombre se repetía 7 veces) y quien seguramente tenía alguna conexión afectiva con él ya que Mia aparecía en 5 oportunidades, olvidar 2, abrazo y sus acepciones, 4. La sola idea de que hubiera una sola solución se me hizo a un punto caprichosa y asfixiante, pero a su vez me contenía saber que al final de lo que seguramente serían días de arduo trabajo había una única combinación. La perfección, por definición, no sabe de ambigüedades.

El frío de mi oficina improvisada, en cierta medida me jugaba a favor, ya que me obligaba a apurar mi faena. Cada vez que entraba a mi estudio gélido que constaba de una banqueta que le robé a una cajera antipática y una mesa armada con cajas de calamares que hasta tanto yo finalizara no irían a ninguna cazuela, aguzaba mis sentidos para adelantar lo más rápido posible, antes de que mis dedos se agarrotaran y tuviera que salir a fingir alguna tarea que me ayudara a desentumecerme y recuperar mi temperatura corporal.

A los pocos días comprendí que, aun con el auxilio de mi capacidad de engaño para adelantar durante mis horas laborales, no lo hacía al mismo ritmo que cuando me sentaba enfrente de la computadora de casa, y gozando de un clima agradable y la comprensión de mi esposa que me creía enviando curricula, las palabras e ideas fluían a un ritmo que me ilusionaba. Por lo cual, mi segunda inversión en este proyecto (la mayor, sin dudas) fue la de resignar hacer las horas extras con las que hasta entonces contábamos para llegar a fin de mes, so pretexto que la empresa no estaba en buena posición financiera y habían ordenado recortar gastos. Así estuve, mejor dicho, así estuvimos, durante 87 as.

Para cuando terminé (o creí hacerlo), la economía de nuestra casa pendía de un hilo. Las cartas de desconexión de todos los servicios (esas que siempre tienen colores estridentes) hacían un Mondrián ominoso sobre la mesada. El contestador telefónico estaba abarrotado de mensajes de acreedores que ahora deberían esperar a que yo cobrara el abultado premio del concurso.

Esta falta de recursos hizo que para enviar mi obra al Centro Nacional de las Letras reciclara el sobre donde cuatro meses antes había recibido el kit. Al abrirlo advertí que había una hoja doblada, la 58, que mis dedos impacientes habían ignorado cuando saqué el bloque lleno de futuro. Esa página tenía dos palabras: Zagreb y Zúrich. Dos palabras que yo, era claro, no había utilizado. Me sentí como cuando uno termina de armar un mueble y advierte que en el fondo de la caja quedan dos tornillos que deberían haberse utilizado (¿o los pusieron de repuesto?). ¿Dónde era que no había puesto estas palabras?  Sí, el cuento era perfecto, lo había leído y releído y no dejaba de emocionarme e impactarme su prosa minuciosa, la cadencia del relato y el final suave pero contundente. ¿Qué haría ahora con estas dos palabras?  Si el algoritmo las había propuesto (creo que lo de la hoja doblada había sido una perversa broma del vendedor), seguramente tenían su razón de ser y no podía, así porque si, ignorarlas. Menos aún olvidarlas.

Tal vez la trampa había sido definir la perfección dentro de los límites que me enmarcaron las hojas que inicialmente vi. Tal vez al ubicarlas dentro de la historia el sentido cambiaría diametralmente y Carlic y Mia no fueran más que dos personas viviendo vidas separadas, sin siquiera haberse conocido.

Tuve tres días para reflexionar sobre cómo proseguir; es aquí donde me sentí inmensamente solo y comprendí que había sido un error no involucrar a mi esposa desde el inicio. Ahora no había tiempo para el enojo inicial que seguramente la embargaría, el rencor moroso, y el revisar y hurgar todos los rincones donde ubicar a estos dos invitados de última hora.

Luego de una noche con la mirada puesta en el techo que intuí detrás de la oscuridad indiferente, aturdido pero consciente de mi decisión, terminé borrando todo rastro del cuento casi perfecto (me duele y me resisto a llamarlo imperfecto, aunque sé que efectivamente lo era).

Y hoy solo me queda esto, una simple y triste crónica de quien estuvo a dos palabras de tocar el cielo con las manos y que ahora se tiene que conformar con el relato de su fallido y vano intento.


Diciembre 2016

miércoles, 25 de enero de 2017

LOS FANTASMAS DE LA PISTA DE BAILE, por David Espinosa (México)


Bailamos, sólo bailamos.
El ritmo que marcan las notas del piano me hace sentir la cadencia suave, el movimiento de tus pies.
Me limito a contemplar tu cara, quisiera adivinar tus pensamientos a través del azul de tus ojos.
El tiempo se ha detenido, seguimos bailando,
no hay palabras, no hay prisa.
Quince años sin vernos y no he olvidado tu cabello rubio.
Somos fantasmas (no conozco tu nombre ) que han salido de la música que borra una historiaque ya estaba escrita.
Flotamos en la pista de baile, sólo nosotros bailamos, el lugar está vacío, la luz es tenue, pero me deja ver tu vestido amarillo.
Sonríes, pones tus manos en mis hombros y me acercas a tu cuerpo fantasmal, siento la música al recorrer el mármol blanco del piso, dos seres que se perdieron, no se olvidaron, y ahora bailan, vibran al reconocerse, se extasian porque se han encontrado tras vagar quince años.
Quiero pensar y no puedo
     ---- los fantasmas no lo hacen. ----
Recorremos la pista,nuestros pasos no se escuchan,
--------  flotamos. ------
Quiero preguntarte tantas cosas y no existen las palabras...
rodeas mi cuello con tus brazos ....  ----- te siento. ---, estoy feliz,
los candiles suspendidos en el techo reflejan dos siluetas en sus cristales ,  ---  el ritmo aumenta ---, la pista es nuestra, sólo nuestra, escuchamos violines, es un vals? No lo sé, sólo sé que estoy contigo, los dedos de tus manos se entrelazan con los míos.
Quince años que han pasado y han escrito una historia sin palabras, sólo narrada por la música, en una pista de baile, donde siempre deseé encontrarte.
Afuera el viento es frío, el murmullo de las hojas secas en los árboles se mezcla con la música... flotemos, deslicémonos por la pista, abrazándonos, riendo , mirándonos.

---- no se tu nombre-----

Los fantasmas bailan.

Acercó mi mejilla a tu cara  ----los fantasmas se materializan ------....lloré después de quince años, mis lágrimas recorren tu cara, resbalan hacia tu cuello, lloras también....

Dejo de tocar el piano... los fantasmas desaparecen… la pista está vacía...

lunes, 9 de enero de 2017

Crónica de la primera reunión del 2017, por Nancy Bonsembiante.

La primera reunión de este año nos encontró muy alegres y relajados. Todos llegamos deseándonos feliz año  y regalando abrazos y uno o dos besos en las mejillas. El ambiente, como es habitual, era de fiesta y celebración por la satisfacción de saber que compartiremos una año más juntos. Cuando la campanita inquisidora de Marta sonó todos nos preparamos para escuchar y degustar no solo la comida que siempre compartimos, sino también la lectura de los textos más originales y eclécticos de todo Houston. Porque la premisa de que tiene que ser un escrito propio siempre nos augura sorpresas, como la de anoche donde contamos con la participación de numerosos escritores. Tuvimos también la enorme alegría de recibir de vuelta en nuestra primera tertulia del año a la inigualable Macuca, quien trajo consigo visitas inesperadas. Sol, su sobrina, nos cautivó con un poema propio que dedicó a su tía Macuca, el cual recitó con ese acento tan peculiar y pegadizo de los originarios de la provincia de Salta en la República Argentina.
Luego pasó al frente Roberto con su cuento “Einstein y las empanadas”. Su historia en la que un humilde albañil y un doctor en física de la Universidad de Buenos Aires se sumergen en  diálogos filosóficos sobre el universo y la existencia de Dios, nos sorprendió por lo elucubrado de la discusión y la simpleza del desenlace en la que todos los amigos deciden seguir a su querido amigo albañil, que aunque no muy docto, sabía exponer muy bien sus razones sobre la existencia humana. Luego Lourdes se preparó con su tablet para compartir con todos dos poemas de gran valor artístico, uno de los cuales nos impresionó por su certera descripción del amor en los años plateados, su título: “Cuando seamos viejos”.
Alfredo de México, pasó al frente con sus canciones, que muy bien podrían describirse como poemas, y entre canto e imaginaria música, nos deleitó especialmente con su escrito, “He visto a la tierra llorar”.
Más Adelante David de México, pasó al frente con su sencillez acostumbrada y con hojas ajadas escritas a lápiz y arrancadas al descuido de su libreta, nos sedujo con un diálogo introspectivo donde las sombras insisten con invadir su existencia pero su conciencia poderosa no lo permite.
Después Nancy Bonsembiante leyó su cuento, “Molinos de viento” en el cual vislumbró la posibilidad de adentrarse en la piel de un hombre para describir su desilusión frente al amor. Luego le llegó el turno a Stella quien nos presentó el comienzo de una historia en un antiguo bar donde personajes desalineados por el tiempo, la melancolía y el desencanto intentan encontrar nocturnas y esporádicas compañías. Posteriormente, Elizabeth acalló hasta los susurros rebeldes de los que se negaban a recomenzar la sesión de lecturas, cuando en su primer verso lanzó la sugestiva frase: “Amanecí desnuda”. Sin embargo descubrimos con el correr de los versos que su desnudez no era por falta de ropa sino por escasez de credibilidad en una Latinoamérica más justa.
Seguidamente, llegó Luis con su cuento “sin título” que nos fascinó por desarrollar una historia de escritores novatos, reuniones literarias y un desenlace inesperado donde el plagio oscurece la admiración por el más talentoso de ellos.
Lucien Martins se distinguió con la lectura de uno de los capítulos de su novela, “El gato sin cola y la leyenda de la maga encantada”. Sorprendió a la audiencia por lo quimérico de sus personajes y la creatividad en la descripción de ambientes fantásticos y míticos a la vez. Luego llegó William de Venezuela con dos poemas sobre el paso del tiempo y la imposibilidad de detenerlo. El “loco” de Colombia, como le gusta hacerse llamar, causó la admiración del público al contar una historia en la que el sonido de la letra “f” dominaba la narración y la agonía de un personaje que se creyó capaz de vencer a la justicia.
Ya en la última ronda de lectura Whigman  nos hizo reír y estremecer con las aventuras de un hombre invisible tratando de comprender los sin razón de una Cuba sumida en la más disparatada y demencial pobreza del período especial durante la década de los noventa. También Marta participó esta vez, pero no con una canción de su autoría, sino con un cuento en donde el tango, San Telmo, las palomas y el humor se alinean para desatar la más honesta y chispeante de las risas.
Luis Xalín asombró con la lectura de su primer cuento en Cronopios, donde la tradición mágico-religiosa de “la quema del diablo” se mezcla con la tragedia de una Guatemala repleta de folklore lingüístico y costumbres indígenas. Casi al final de la reunión una Pepa sin voz pero con representante para leer, la querida Amira, nos deleitó nuevamente con un poema de su autoría. Y Gilo cerró la última sesión de lecturas con un cuento sobre la experiencia de encontrarse ya en el ataúd y sin salida, haciendo alusión a la antigua práctica mexicana de atar un campanita al pie del difunto en caso de que resucite.

miércoles, 4 de enero de 2017

Panegírico, por Luis Xalin (Guatemala)


En la flor de tu numen aterriza
la libélula triste sin primores,
las metáforas grises sin sabores
que opacan el sol de tu sonrisa...

Tu cantar sin igual es un torrente,
una lluvia de símiles en prosa;
sentimientos femíneos que la mente

Idealiza a través del corazón
sin la ley de la métrica preciosa:
!Es así tu sin par inspiración!






lunes, 5 de diciembre de 2016

Poema con arrugas, por Nancy Bonsembiante (Argentina)

“No puedo imaginarte con arrugas”, me dijo al pasar, “¿cómo?” pregunté queriendo no haber comprendido. “Claro mamá en tu cara no quedarían bien las arrugas” y siguió caminando como si nada, como si aquella revelación no hubiera causado ninguna reacción en mí. Sin embargo, ya no hubo lugar para otro pensamiento en mi cabeza, mi hija no me deseaba vieja, no me iba a querer cuando el tiempo realmente hiciera estragos en
mis facciones. El carrito del supermercado rodaba por los pasillos, desinteresado de mis reflexiones sobre el futuro, sobre los cambios que indiscutiblemente revelaría en poco tiempo mi piel, cargaba en sí el peso de las verduras, la bolsa de papas, las botellas de agua, ese champú de marca que prometía sedosidad eterna para mi cabello, y todas las nimiedades del día a día. Mi hija continuaba a mi lado, distraída con los colores chispiantes de las luces de Halloween, me soltó una bomba y continuó abstraída, en ese su mundo más virtual que real, donde las fotos se arreglan al instante, donde todos somos hermosos, felices, y perfectos, y donde cada segundo cuenta porque aun nadie había subido al snapchat el video de ese espantoso esqueleto que al pasar se movía, gritaba e intentaba tocarte. Mi realidad en ese momento era intentar retrasar el tiempo, seguir brindándole a mi rostro la tonicidad de las pieles jóvenes. Corrí por los pasillos de Walmart junto a mi niña que no comprendía mi urgencia y llegué jadeando a la góndola de las cremas anti-edad. Había más de doscientas, todas con promesas incumplibles, todas de colores provocativos y fotos de mujeres que le habían ganado la batalla al tiempo. ¿Por dónde empezar? ¿A quién consultar? En estas enormes tiendas donde la ferocidad del capitalismo nos incita a gastar sin compasión, no existen ya las vendedoras que sugieren al cliente el mejor producto a la hora de comprar. No hay contacto humano más allá del que se entabla con la cajera que está programada para saludar cuando llegamos y cuando nos vamos. El anonimato es celebrado por todos, raro que no hayan inventado los carritos con cortinas, así ya ni nos vemos, ni nos inmiscuimos en lo que los otros están consumiendo, porque a decir verdad uno de mis entretenimientos en el supermercado es mirar lo que los otros compran y hacer la crítica necesaria para sentir que aún les gano en inteligencia a la hora de gastar. Busqué la crema que creí podría ayudarme, pero aun así sentía el peso de la verdad latiendo en mi mente. Algún día envejecería, algún día las arrugas revelarían que he vivido mucho y quizás no tan bien como hubiera deseado. ¿Y si eso pasara de todos modos, para qué perder tiempo y dinero en empresas imposibles? Lucía seguía con abstracción los nuevos comentarios a sus pots, las cremas no captaban su atención, estaba silenciosa y ensimismada. La pantalla de su celular había remplazado a su realidad de los domingos a la mañana. La miré con cierta condolencia y exagerada ternura, y recordé súbitamente el poema de Neruda que dice así: Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca. Parece que los ojos se te hubieran volado y parece que un beso te cerrara la boca. Así la veía yo a mi hija, Lucía no era solo un semblante para mí, unas facciones parecidas a su padre o a su abuela, ella era un silencio, una voz ausente, unos ojos curiosos, una boca insolente, unas mejillas para besar hasta el cansancio. Quizás lo mismo le pasara a ella, Lucía jamás vería mi verdadero rostro, sino la esencia de un rostro que la vió crecer y que atesoró junto a ella innumerables e inolvidables recuerdos. Deposité la crema nuevamente en el estante y por primera vez le vi el precio y me asusté. ¿Cuantas arrugas habrá tenido Matilde Urrutia y Neruda le dedicó cien sonetos de amor? El carrito había quedado solo, abandonado en un oscuro rincón, pero sin tanta poesía como el arpa de Bécquer, porque en su cuerpo no dormía música ni esperaba las manos de nieve que lo arrastrara, solo eso mundanos productos que nos permiten subsistir y cubrir esas inoportunas necesidades alimenticias. Me dirigí a la caja, inserté la tarjeta en el lector de chips y salí pensativa del supermercado, la vida podía ser más que arrugas e imagen, porque mientras hubiera poesía y ojos que la vieran, la belleza se mantendría inmune en nuestros corazones. Nancy Bonsembiante